viernes, 24 de abril de 2020

Podría morir de cáncer; podría morir de COVID-19… pero no quiero morir de miedo.


Soy paciente; recontra vulnerable. Asmática desde los 7 años. Diagnóstico de cáncer de ovario estadio tres desde hace 1 año y 9 meses. La cuarentena llegó a mi vida cuando había recibido mi cuarto ciclo de quimio y aún tenía– varias por delante. — Respiré y agradecí. No debía preocuparme por ello hasta dentro de 30 días.

Sin embargo, soy ansiosa. Y mi ansiedad desata al máximo mi sentido de tener el control. ¿Y cómo tienes el control en cuarentena, sobre un virus que nadie conoce? Lo buscas. Buscas información o cuando el universo conspira llega a ti. Recuerda que, siempre que tengas claro el objetivo, él vendrá por ti. Me informé tanto que colapsé. Pasé una semana muy mala. Había encontrado demasiada información. La cabeza es la oficina del Diablo; —nada bueno sale de ella si está trabajando como una ardilla en su rueda mucho tiempo. Así que desconecté y solo tomé lo necesario — obtener la ventaja— para aportar a mi seguridad y al “Protocolo de Seguridad del Hogar”.

Pero los días pasaron y una semana antes de la fecha en la que tenía que recibir la quimio; decidí que no saldría para tomarla. A mí los médicos hace mucho que no me meten miedos. Mi diagnóstico es mío — también sé mucho de él— y eso me hace poder decidir y no solo dejarme llevar. Escuchar mi intuición me ha mantenido viva hasta ahora, ¿por qué debería dejar de escuchar? Mi cuerpo me decía: ¡No! Quimio ahora, ¡no!. Entonces, llamé al médico. Le dije que siendo una paciente de cáncer me parecía muy poco honorable morir de COVID-19. Mi cáncer me quiere mucho, yo lo quiero mucho a él y ambos estamos asustados, así que prefiero suspender el tratamiento. Cuando lo supo mi doc solo respondió: De acuerdo, Rosita. Hablamos la próxima semana. ¡Me gusta mi doctor! Sabe acompañar en el proceso. 

Mi cuerpo a los 19 días me gritó — por el miedo no lo estuve escuchando— Comenzó con un dolor de espalda baja terrible. Luego me dio fiebre. Me sentí mal. Me asusté. Pero mi ansiedad; esta vez saltó por mi lado contrafóbico (¿en serió no harás quimio?). Le dí algunas vueltas en la cabeza y encontré la solución. Conseguimos el servicio de taxi de un amigo y el viernes me enrumbé a la Clínica Aliada Contra el Cáncer que está en San Isidro. Yo vivo a 16 km de ahí. Viaje largooooooo… Ver Lima en esta coyuntura es diferente a ver las noticias. La verdad somos una especie muy compleja. y ahora tenemos un depredador complejo también. El humano no sabe de depredadores; por eso, quiere salir de casa. El humano promedio se cree inmortal — como yo hace algún tiempo — y le cuesta entender que no lo somos.

Mi primera experiencia en taxi a los 30 días de cuarentena fue adrenalínica. Pasé los controles de Aliada; me sacaron muestra de sangre, me dieron cita y programaron la quimio. Martes 22 y miércoles 23 de abril a las 8 am. No pensé más en eso. Aprovechando el retorno, decidí recoger unas cosas en casa de mamá. Verlos a ella y a mi hermano mayor, aunque sea de lejos. El taxi amigo me recogió y me llevó a casa de mamá. Bajé del taxi mi hermano dejó la bolsa a un metro de mí y mi madre estaba en la ventana. A todos se nos hizo un nudo en la garganta y lágrimas empañaron nuestros ojos. Todos sollozamos. Yo podía ver sus rostros; ellos no podían ver el mío por el tapabocas y los lentes. Abrazar con la mirada es la cosa más excepcionalmente hermosa y triste que te puede pasar en la vida. Nos despedimos, subí al taxi y vine sollozando todo el camino hasta la casa de mi cuñada que pasa la cuarentena con su familia. Debía dejarle un encargo. Ella es muy, muy cariñosa. Ella me enseñó a ser cariñosa. Nos vimos entre las rejas, lloramos desde que nos percibimos. Yo vi su rostro; ella no el mío. Llegué a casa sollozando, con una misión cumplida; con mucha información para procesar y con nuevas decisiones por tomar. 

El taxi parecía la decisión más segura, pero hay que ser realista, no era sostenible para mi economía y las circunstancias — esto va a durar algún tiempo, con cuarentena o no—. Cada sol cuenta y hay que tener un plan de seguridad para subsistir. Tenemos para largo, señores. Cuando un virus tiene un comportamiento tan errático, es complicado tener la vacuna rápida. Y cuando es tan silencioso (el contagio se da antes que los síntomas) se hace peligroso, pero eso no es necesariamente mortal si decides tomar las medidas para escabullirte de él. Así que tomé decisiones. Taxi amigo, ¡NO! Tomaría el transporte público (Metropolitano) En mi primera salida, vi el servicio casi vacío. Poca gente. Muy amigable. Entonces, decidir tener quimio antes del posible levantamiento de la cuarentena —el 26 de abril— fue la mejor decisión. Llegó el día “D” Tomé el alimentador a las 5:38 am. Solo lleva gente sentada; pero todos van muy silenciosos; algunos con las manos entrelazadas en el regazo. Observan mucho, pero nadie se mira de frente. Ellos trabajan y llevan saliendo 30 días antes que yo, así que mis respuestas estaban en su comportamiento. Llegué a la Estación Central. Tomé la troncal y estaba en Angamos a las 7:20 am. Ese día una niña dijo que algo malo pasaría, aconsejó que no salieran de sus casas (sin duda, la ministra perfecta para un país de LaiCatólicos). La cola de Tottus tenía solo 7 personas a esa hora (al día siguiente había más de 20).

Llegué a Aliada a mi hora, pasé los controles y bienvenida, quimio, again. De regreso a casa pasé por Tottus. El anuncio de la niña había dado más resultado que lo dicho por las autoridades. ¡JA! Así que a aplicar lo aprendido. Observarme y observar. ¿Qué hago con mis manos? Distancia social. Boca cerrada y listo, salí con mi compra. Y al Metropolitano.

Mi subconsciente repetía: obsérvate, observa y entonces observé. Sentado delante de mí, un policía. Cansado. Sin guantes. Con una papaya en una mano y en la otra un jugo de caja. En la fila de asientos del costado, una enfermera. Que lo miraba hasta que; se le acercó sin hablar —porque este se ha vuelto un mundo silencioso— le ofreció antibacterial para las manos y luego le dió unos guantes. Se agradecieron en silencio y la vida de estas personas que están en primera fila, para que tú estés seguro en casa, siguió su curso.

Esta crónica no se trata de mí, se trata de todos. No estoy llamando a salir de sus casas sin temor. Estoy llamando a no quedarse en sus casas por temor. Levantar la cuarentena en el momento oportuno no hará desaparecer el virus. Mejor pregúntate si una vez levantada nos enfrentará con nuestras costumbres de antes, de autómatas a quienes solo nos importa nuestra seguridad. Nos renovará la conciencia. Empezaremos a observar nuestros comportamientos y los de los demás ¿Seremos más solidarios? Señores, tenemos un depredador y cuales presas debemos actuar cautelosamente. Para sobrevivir yo no necesito ser más rápida que el virus; solo necesito ser más rápida que tú. 

Nuestra generación, como pocas veces, tiene la oportunidad de decidir de qué morir. Yo tengo opción múltiple. Puedo decidir morir de cáncer al no hacer el tratamiento. Puedo decidir morir de COVID-19 si no tomo las precauciones en serio. Pero de lo que estoy segura es de que no quiero morir de miedo. ¿Y tú?

Ilustración: Joan Alfaro